La crisis Financiera Internacional




La crisis Financiera internacional es una de las noticas mas trascendentales de nuestros tiempos ya que nos afecta a cada uno de nosotros de una manera u otra, el autor un estimado amigo sale a la palestra a responder con argumentos solidos las criticas que se le hace al Modelo Economico Capitalista.

Por Raúl Bravo Sender



Buen pretexto han encontrado los adversarios del capitalismo, como es la actual crisis financiera de los Estados Unidos de Norteamérica, para salir a la palestra y lanzarle cuantas críticas sean posibles. Y “mejor ejemplo” palpable no puede haber, que la crisis por la que atraviesa “la tierra de las oportunidades” —el ¿máximo icono de las libertades y de la economía de mercado?—. Ciertamente, aquel país de inmigrantes, luego del posicionamiento geopolítico que ganó tras las guerras mundiales del siglo XX, y después de la caída del Muro de Berlín, se convirtió en el paladín de la Democracia y de la Economía de Mercado (libertades políticas y libertades económicas). Hablar sobre el capitalismo significaba referirse a la “Tierra del Tío Sam”, aquella tierra que tantos inmigrantes europeos habían labrado con esfuerzo y trabajo, gracias a un régimen de libertades (instituciones para el mercado) que no gozaban en la absolutista y mercantilista Europa del despotismo ilustrado.

No cabe duda que los Estados Unidos de Norteamérica jugó un rol protagónico en la lucha contra los totalitarismos —fascismo-nazismo y comunismo—, más allá que se le haya atribuido tendencia expansionista alguna —a lo que llaman imperialismo—. El mundo necesitaba un Leviatán y, los Estados Unidos creyeron que era su deber moral el salir a defender el régimen democrático —léanse los Discursos en el Congreso Norteamericano de los presidentes Woodrow Wilson (1917, 1919) y Franklin D. Roosevelt (1941)— asistiendo a los aliados. Pero de allí a identificarlo, y lo más grave, a confundirlo con el propio capitalismo —como si fueran lo mismo— es un error. Lo dicho no es un deslinde respecto a la potencia norteamericana, para salvar al régimen de libertades que encierran el capitalismo —entiéndase: dejar hacer, dejar pasar—, pues ningún gobierno ni ningún país puede hablar a nombre de entidades abstractas —en este caso, el capitalismo— como si fueran propias. Naturalmente, los gobiernos aplican medidas económicas con ciertas tendencias —llamémoslas “ideológicas”— que los acercan o los alejan de calificarlos como liberales, socialistas o cristianos.

Es cierto que los Estados Unidos de Norteamérica se erigió en el principal propagandista del credo capitalista. Pero la crisis financiera hipotecaria —a la que tiene que hacerle frente, actualmente—, nos ha demostrado que ni siquiera se ha convertido —totalmente— al credo que evangeliza. Los que han salido a ladrarle al capitalismo, aprovechándose de esa confusión que han sembrado en identificar a los Estados Unidos con el vapuleado por todas partes capitalismo, no se dan cuenta de su propia miopía. No entienden que aquel régimen de libertades es eso: ausencia de Estado regulador, interventor y planificador. Si se dejara que los propios agentes económicos interactuaran sin ninguna clase de trabas gubernamentales y, sin tener que competir con intereses creados y fabricados artificiosamente con el concurso de empresarios mercantilistas y agentes gubernamentales proteccionistas y lobbystas, el mercado solo, corregiría sus propias fallas, expulsando del mismo a aquellos que obran de espaldas al mercado. Y son precisamente éstos últimos los que encuentran protección, dádivas y privilegios en el Estado. Esto es lo que ha ocurrido en los Estados Unidos de Norteamérica. Sorprendente ¿no? Un puñado de empresarios bancarios y financieros, incentivados por los favores del Estado, que han prestado irresponsablemente dinero a cuanto agente económico se les presentaba a la puerta, sin tomar en cuenta su capacidad de pago, ha ocasionado este crack.

Una vez más se ha premiado a los mercantilistas —con el sacrificio de todos— con este millonario salvataje financiero. Ello es lo que ocurre cuando el Estado lo monopoliza y centraliza todo —incluida la emisión de moneda—, por el pretexto de brindar seguridad y certeza en los negocios. Recuérdese que el origen del preciado metal, fue un fenómeno espontáneo, resultado de la liquidez necesaria –que sí tenían los metales- para intercambiar bienes —el dinero, al fin y al cabo, es un bien intercambiable, siendo que la moneda rige en las economías monetaristas—.

Antiguamente, eran los bancos particulares los que emitían sus propias monedas, y no había mayor respaldo y seguridad que el ganado por el prestigio que daba el obrar correctamente en el mercado. El gobierno se limitaba a certificar el grado de pureza –del patrón oro o plata-. Pero fue precisamente cuando los gobiernos creyeron que podían emitir una moneda oficial —con el concurso de empresarios favorecidos: léase el caso del escocés John Law y la Compañía del Mississippi que financió al quebrado gobierno del monarca francés Luis XV— que empezó a centralizarse este importante factor de la economía de las naciones —y, naturalmente, a ir eliminándose desde el palco oficial, a los privados competidores—. En adelante, la única moneda de intercambio sería la que emitirían los bancos centrales o la de los bancos privados privilegiados por los favores estatales; el argumento era, una vez más, que los negocios necesitaban certeza y predictibilidad, lo que se conseguía centralizando la emisión de moneda en un banco central. No hay nada más incierto que el dejar al arbitrio de unos cuantos burócratas, el manejo y el control de todo, incluido el resguardo de nuestras libertades

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